Desperate housewivesGeneralmente soy una ‘cool wife’. No me enfado por tonterías como que se vaya de fiesta con sus amigos y me deje sola. Todo lo contrario, intento escaquearme para quedarme en casa y poder ver lo que él llama ‘pelis de besitos’ con un gigantobol de fresas con helado de chocolate para cenar. Quizá sea porque todavía no tengo asumido que estoy casada. Y eso que el mes que viene celebramos nuestro primer aniversario… Pero es que es decir la palabra marido, y se me escapa la risa floja. En inglés lo llevo mejor, ‘husband’ no impone. Es más light. Es como decir que estamos casados de mentirijilla. En realidad, no estoy yo muy convencida de que estemos realmente casados, porque yo sólo entendí la mitad de lo que dijo el señor ese. Lo de ‘loving husband’ a mi me sonaba a cachondeo. Tuve que aguantarme la risa cuando me tocó repetir lo que el juez decía. Entre que me tenía que inventar partes porque no tenía ni la más remota idea de lo que había dicho, y que estaba intentando no reírme, seguro que se podría anular el matrimonio fácilmente…

Pero el tiempo vuela, y el mes que viene es nuestro primer aniversario (¿Ya? Para mí que alguien me ha robado algunos meses de ahí en medio…). Lo de recordar fechas se me da fatal (y recordar caras, y la lista de la compra, y los nombres de la gente, y qué estaba haciendo cinco minutos antes de que me distrajera con las musarañas…). Así que pensé que ya que la boda iba a ser un poco de cachondeo, pues al menos la hacíamos en un día significativo, le poníamos romanticismo a la cosa, y yo sólo tenía que recordar una fecha al año. Por eso celebraremos el mismo día nuestro segundo año de relación.

Quedan menos de 3 semanas y no tengo ni pajolera idea de qué se puede regalar en un día como ese. No puedo sorprenderle con un viaje inesperado al caribe, porque 10 días después me largo de vacaciones a España… sin él. Y no me quedan más días libres de momento (malditos estadounidenses y su ansia por trabajar). Y esa era mi única idea.

De todas formas, no lo vamos a poder celebrar juntos el día 5, porque resulta que se va unos días a Washington por trabajo y vuelve el 6. Que vosotros diréis, ¡vaya putada! Pues en realidad pedían voluntarios, y me preguntó antes de ofrecerse: ‘¿tenemos algo que hacer del 30 de mayo al 6 de junio?’ Me tuve que reír, porque no sé cual de los dos es más despistado para esas cosas. Pero yo insistí en que fuera a pesar de todo, porque es una oportunidad importante para él. Para eso nos hemos venido a los EEUU, no para estar todo el día sentado en una silla y mirando a la pantalla del ordenador, que eso se hace mejor en casa. Cuando le dije que no se preocupara y que se fuera, juro que lo hice de manera totalmente altruista. Es bueno para su trabajo, lo va a disfrutar, va a hacer algo nuevo, blablabla… y total, con lo poco que me importan a mi estas cosas, ¿que más da si lo celebramos al día siguiente? O tres meses después. Mientras yo tenga mi viaje al caribe, me importa poco que sea un 5 de junio que un 28 de octubre.

Pero luego, pensando en que una esposa normal se habría sentido mal por no poder celebrar en condiciones su primer aniversario de boda de la historia, y espero que el último, se me ocurrió que él debería sentirse un poco culpable por abandonarme en ese día. Y si se siente culpable… ¡el regalo será más grande!

Así que he empezado una sutil campaña de mensajes subliminales para que piense que en realidad me voy a sentir muy sola ese día.

¿Creéis que habrá pillado la sutil indirecta cuando le dije: ‘Cariño, ya que me abandonas cruelmente en un día tan importante de nuestra vida como pareja, espero que el regalo lo compense… con creces’?

Homer Simpson, living la vida sofaTodo el que me conoce sabe que soy un poco vaga y perezosa (entiéndase por poco… que Homer Simpson y yo somos uno). En palabras de mi madre: ‘Nací cansada’. También nací para ser rica, pero esa es otra historia.

El caso es que siempre me ha costado mucho ponerme en marcha. Si no tengo presión ajena (es decir, amigas que no aceptan un no por respuesta), me puedo pasar tres días del sofá a la cama, y de la cama al sofá, como en el anuncio de Ikea. Leyendo y sin mover un dedo más allá de lo que conlleve el prepararme un sándwich de nocilla para no morir de inanición. Una vez han conseguido arrancarme del embrujo del sofá, soy de las que más aguanta de fiesta, o de las que da saltos por la calle un día de sol porque está contenta (¿vergüenza ajena? ¿eso que es?). Pero convencerme para que levante el culo, es un logro. Tengo una lista de excusas no excluyentes que pueden amilanar a cualquiera que no me conozca lo suficiente. Uno de mis ardides preferidos es nunca decir un sí definitivo a los planes de futuro, de tal manera que si no vuelven a llamarme para insistir, dando por supuesto que apareceré, haré como que se me ha olvidado. Y si llaman para insistir, habré tenido tiempo suficiente para encontrar una coartada verosímil. Es muy normal que el lunes o martes me dedique a hacer planes para el fin de semana, que irán siendo cancelados a lo largo del jueves o viernes. Mis energías suelen durar sólo hasta el miércoles por la mañana, en cuanto suena el despertador. El resto de la semana ya no soy persona.

Cuando era pequeña, una doctora encantadora y muy competente dijo que mi falta de ánimo era por culpa de una anemia y falta de azúcar, que tenía que comer más chucherías y carne roja. Bendita sea. Consiguió en 5 minutos lo que no había conseguido yo en 8 años: que mi madre me dejara comer dulces sin necesidad de una fiesta nacional. Unos años después, tras convertirme en adicta a las gominolas y el chocolate, mis análisis eran normales, pero la adicción ya era incurable y yo seguía igual de cansada. Otra doctora comentó que tenía la tensión baja, y que por eso me costaba mucho arrancar. Que probara a tomarme un café por las mañanas y aumentar un poco el consumo de sal y, ¡sorpresa!, azúcar, quizá con refrescos azucarados. Por supuesto, el detalle de mi dieta a base de chuches no lo vi relevante en la conversación.

Ahora que ha empezado el buen tiempo, y hace sol y calor, ya no tengo la excusa del frío (muy recurrida y siempre acompañada de una sutil indirecta de que cualquier día me voy a vivir al caribe). El problema es que me he buscado un consorte al que el sofá también le abduce, así que muchas veces no conseguimos poner el pie en la calle hasta las 5 de la tarde. Y eso sólo cuando entre los dos no hemos conseguido un pretexto lo suficientemente convincente como para competir con el clima primaveral.

Ayer domingo, por ejemplo, después de hacer los vagos durante unas 6 o 7 horas seguidas, se nos acabaron todas las excusas para permanecer en el sofá, y ya sólo nos quedaba fregar los platos de la cena que habíamos organizado el día anterior, o salir a dar una vuelta y aprovechar los 21 grados y el sol radiante. Así que ganó la calle, como es lógico. Yo iba arrastrando los pies y mi husband arrastrando de mí. Teniendo en cuenta que aquí la opción de dar un paseo por el centro y pararse cada 20 minutos en una terraza para reponer fuerzas con un helado no existe (sniff), nos tocó hacer un poco de senderismo. Es eso o ir de compras al centro comercial, que ya sabemos que no es muy productivo.

2013-05-12 17.35.43Decidimos subir una minimontaña que hay aquí al lado, a una velocidad a la que nos habría adelantado cualquier octogenaria sin mucha complicación. Eso de ‘subir’ es un poco exagerado, que por mucho que lo llamen montaña, en realidad era una colinita con menos desnivel que Espinardo con respecto al centro de Murcia. Pero nos costó llegar. Para compensar el esfuerzo, nos quedamos unos 45 min sentados en una roca de la cima (a falta de otro apelativo más acertado), tomando el sol cual lagartijas y arreglando el mundo (es decir, conversando de frivolidades).

En el camino de vuelta, una servidora se animó hasta niveles insospechados, y casi bajo a la carrera. Incluso hice algún arranque en las pocas cuestas que nos encontramos, eso sí, parando cada 30 metros para recuperar el aliento, que una ya está mayor. Para cuando llegamos al coche tras unos 40 min de sendero, yo estaba dando saltos, y casi triste porque se había terminado muy rápido. Digo casi porque el sofá me esperaba.

Tanta falta de azúcar, sal o tensión baja… Y resulta que en realidad lo que me pasa es que soy pariente lejano de superman y necesito recargar las baterías al sol. ¿Quién me lo iba a decir?

Superman Arale

Do you believe in love at first sight or do I have to walk by again?
Qué bonito lo pintan todo en las películas, ¿verdad? Chico ve a chica. Chica ve a chico. Los dos se quedan con cara de tontos mirándose desde lejos. Inoportunamente y por causas ajenas a su persona uno de ellos se tiene que ir corriendo sin que ninguno llegue a saber quién es la otra persona.

Pasan semanas suspirando el uno por el otro, hasta que el destino los vuelve a unir. Y todos son felices y comen perdices.

¿Os lo creéis? ¿O es solo una leyenda urbana, como la de que hay hombres que saben utilizar la plancha? Pues os va a sorprender, pero yo sí me lo creo. Si le quitas el ser felices y comer perdices para siempre, tengo una historia personal que vale para un guión de película pastelosa. Si hay algún director de cine leyendo esto, me pido a Jennifer Aniston como protagonista.

Mi historia de amor a primera vista:

El caso es que yo estaba tan feliz y contenta, soltera y sin compromiso… espera, ahora que lo pienso, en realidad no. En realidad hacía un par de semanas que habíamos decidido, otro tío y yo, que no íbamos a salir con otras personas o algo así. Pero fue pronunciar esas palabras y el muchacho desapareció de la faz de la tierra. Así que yo me lo tomé como que estaba soltera y sin compromiso :)

Bueno, sigo, que me disperso. Estaba yo muy feliz y contenta, sin buscar nada serio, porque visto lo visto… Y me fui una noche a bailar salsa al bar de siempre. En eso que estoy bailando tan tranquila, cuando veo a un chico guapísimo, y que no había visto nunca (cosa rara, porque siempre somos los mismos en el bar y tenemos a los guapos fichados). Me fijé porque además bailaba genial (combinación harto difícil de encontrar). Y me sentí atraída al instante. Tenía un aura a su alrededor que lo hacía irresistible. Al menos a mis ojos. Algo así como los filtros de la cámara que le ponen a las pelis pastelosas cuando sale el chico por primera vez.

Hice las pertinentes pesquisas para identificar al desconocido (lo que se viene llamando de toda la vida, marujeo), y me sorprendió que todos sabían quién era menos yo. Por fin, casi al final de la noche, conseguí bailar con él (estaba muy solicitado, como es normal). Cuando terminó la canción, me preguntó si bailábamos otra, así que ya me imagináis, dejando la pista hecha un mar de babas. Parecía que se había fijado por fin en mi (después de mi acoso y derribo hasta conseguir bailar con él, ya estaba bien). Al terminar de bailar, nos pusimos a hablar un poco, pero enseguida vino un amigo a decirle que tenían que irse.
Como recordaréis, yo soy muy tímida (a ratos), así que no me atreví a decirle nada. Pero por suerte no todo el mundo es tan pavo como yo, y me preguntó si podía agregarme a Facebook. No es lo mismo que pedirme el número de teléfono, pero algo es algo. Y mi cara de tonta fue la misma que si me hubiera pedido matrimonio allí mismo.

Cuando llegué a casa, le mandé un mensaje a una amiga para contarle que me había enamorado. Lo sé, es pa pegarme por ñoña, pero una tiene sus momentos.

El caso es que un tiempo después, cuando el desconocido pasó a ser parte de mi vida durante un par de años preciosos, me dijo que al salir del bar le dijo a su amigo: “si viviera en Murcia (estudiaba en otra ciudad), esa chica sería para mí”. Menos ñoño, pero igual de bonito.

Y sí señores, siento estropearles la historia, pero la cosa terminó. Que las pelis siempre terminan demasiado pronto y no se ve lo que pasa unos años después. No sé si fue porque la rutina me impidió seguir viendo ese aura que tenía, que lo hacía tan irresistible. O porque el estrés hizo que brillara menos. El caso es que nuestros caminos se separaron, y decidimos que si había que luchar tanto, era porque no tenía que ser (no fue tan diplomático como lo pinto, pero me entendéis).

Formó parte de mi vida, y fue precioso mientras duró. A veces le echo de menos, porque es una de las mejores personas que he conocido nunca. Y espero que algún día encuentre a alguien que consiga ver siempre ese aura suya tan especial.

Precioso, ¿verdad?

La moraleja de hoy es que, aunque las cosas buenas terminen, y terminen mal, no os quedéis con la amargura del final. Porque todos tenemos historias cursis que contar, que pueden ser igual o incluso mejor que en las películas. Y por eso, vendo los derechos de la mía al mejor postor :) Si el presupuesto se dispara y no da para Jennifer, podría conformarme con una actriz menos conocida, siempre y cuando sea guapísima y con un cuerpo escultural. Las dotes artísticas son secundarias.

¿Alguna oferta?

Como dos gotas de agua, no me digáis que no… :)

Jennifer Aniston

Pues sí, soy un fraude. Y parece que no soy la única, resulta que Moli se siente igual . Y oye, parecerme en algo a Moli, aunque sea en lo fraudulentas que somos, pues ya consuela. Que ha demostrado que a pesar de ser un fraude se puede escribir un libro e incluso conseguir que la gente lo lea.
¿Cómo?, ¿que no sabes quién es Moli? ¿En serio? No me lo creo. La única razón que se me ocurre para que no sepas quién es Molinos es que no leas más blogs aparte del mío. Y eso debe ser porque me quieres mucho y sólo me lees para saber qué tal me va por estos lares. Me vale. Pero te recomiendo que leas su blog Cosas que (me) pasan , es la risa. Y si dejas de leerme a mí porque el suyo está más chulo, lo entenderé y no te guardaré rencor (yo también lo haría).

A lo que iba. Que no sé en que momento de mi vida las estrellas se alinearon para que yo haya terminado aquí. A ver, tonta no soy, que para algo fui de las primeras de mi promoción. Que yo de pequeña siempre era de las más inteligentes, lo pillaba todo a la primera, y encima era tan insulsa, que hasta me gustaba estudiar (mi pasado oscuro). Terminé el instituto y la carrera siendo de las primeras. Se me daba tan bien estudiar que llegué a pensar que yo no valdría para trabajar, tendría que pasarme la vida estudiando. Es triste, lo sé, pero en mi defensa tengo que decir que a pesar de ser la empollona de la clase, mi lado salvaje compensaba mi lado pusilánime y alcancé un equilibrio más o menos aceptable.

Baby with microscopeEl caso es que yo me metí en el mundo de la investigación por dejadez, por no tener que ponerme a buscar un trabajo de verdad. No me veía yo lo suficientemente madura como para salir al mundo real, así que pensé que seguir estudiando siempre era una buena opción. Al menos ya sabía que eso se me daba bien. Pero ahí se me acabó el rollo. Esto está lleno de superdotados y frikis y gente obsesionada con la ciencia. Las comparaciones son muy malas, y más cuando yo salgo perdiendo. Porque de superdotada tengo menos que la Obregón; de friki sí tengo un rato, pero solo para lo malo; y de obsesionada, pues con los libros y a ratos con la salsa, pero lo que es por la ciencia…
Antes de empezar la tesis le dije a mi directora que yo no podía ser así de… ¿entregada, desequilibrada, excéntrica?, pero me aseguró que no hacía falta. Podía tener una tesis mediocre, y conseguir el título de doctora de todas formas. Un consuelo, ¿verdad? A pesar de que había avisado, me pasé toda la tesis esperando a que la mujer me dijera que ya estaba bien de hacerle perder el tiempo y que mejor me dedicara a algo más asequible. Pero no, pasé mis 5 años y me dieron un título con mi nombre y la firma del Rey… ¡Y con la máxima nota! A lo mejor resulta que no lo hice tan mal. O también puede ser que los del tribunal ni se leyeron la tesis y se quedaran en los agradecimientos, que esa parte sí me salió chula.

Después de eso decidí que ya estaba bien de engañar al sistema, y que mejor me dedicaba a algo donde no tuviera que aparentar que sé lo que hago. O al menos donde los que me escuchan hablar saben mucho menos que yo, y si me equivoco, ni se dan cuenta. Es decir, a la enseñanza. Os juro que lo intenté. Mandé prácticamente un centenar de currículums entre universidades privadas, academias e institutos concertados. Incluso empecé a prepararme las oposiciones de secundaria, aunque me daba una pereza… Pero en medio de la crisis iba a ser que no. Del único sitio del que se molestaron en contestar, una monjita muy maja me dijo que no perdiera la esperanza… ¡me emocionó que me enviara un email para decirme eso! Me pregunto qué nick usará en Facebook…

Lo irónico es que sólo solicité dos puestos de postdoctoral… ¡y me ofrecieron los dos! Lo que yo os diga, todos locos. Así que aquí estoy, rodeada de gente que echa más horas en el laboratorio de las que tiene el día. Gente que sólo habla de ciencia. Gente que lee artículos como si no hubiera un mañana. Gente que parece que lo sabe todo.
Y luego estoy yo. Que me gusta, y se me da bien (o eso creo), pero siempre pienso que no lo suficiente. Porque no me paso todo el día pensando en teorías fantásticas, ni diseñando experimentos imposibles. Porque la mayor parte del tiempo estoy pensando en lo bien que se estaría fuera, con ese sol tan precioso.
Pero bueno, que no me va tan mal. Para ser un fraude, siempre tengo resultados para pasarme más de una hora hablando en los seminarios. A veces me sorprendo hasta yo de todo lo que he hecho. Si en el fondo va a ser que trabajo y todo. Pero eso sí, cuando mi jefe o algún compañero está enseñando los laboratorios y presentándonos a algún cerebrito de la otra parte del mundo (o del piso de abajo), y me define como ‘star postdoc’ o ‘great asset’, todavía tengo que aguantarme la risa.

 

Baby Scientist

Ya sabéis que soy un desastre, así que no os sorprenderá que me haya olvidado de poner un link a todas mis colaboraciones :)

Creo que aquí están todas las que faltan, pero nunca se sabe. !Espero que os gusten!

Una docena de frases famosas sobre libros

Una docena de cosas que echo de menos de España

Una docena de razones por las que me apasiona la biología

Una docena de ventajas que tiene el estar casada vs soltera

1. Pasear por Central Park un día de sol, bailar al ritmo del break dance y perseguir al carrito de los helados

Central Park

2. Ver un tornado, pero mejor de lejos

3. Gritar !!!!ECOOOOO!!!! en el Gran Cañón

4. Bailar el Hula en Hawai, o mejor, hacer que Juan baile el Hula en Hawai, con faldita incluida

5. Visitar una plantación del sur y gritar al viento: ‘!A dios pongo por testigo…!’ con el puño en alto

6. Presentarme a Miss camiseta mojada en las cataratas del Niagara

7. Disparar un arma de fuego, de las de verdad. Juan se ha pedido un M40

8. Entrar en un bar de Jazz en Nueva Orleans y decirles que a mi me va más la salsa

9. Pedirme un batido de chocolate en una cantina del Wild West, vestida de vaquero (o al menos con el sombrero)

10. Recorrer la ruta 66 al menos 6 millas, y no atropellar a nadie encapuchado, ni recoger a ningún autoestopista, ni ayudar a ningún camionero, ni visitar ningún museo de cera o motel que no aparezca en las guías, …

11. Ver a algún famoso en LA, y a lo mejor hasta perseguirlo un rato, sobre todo si va sin maquillar

Times Square

12. Ir a una misa Gospel y desafinar como un japonés borracho en un karaoke

13. Conducir una Harley (o al menos sentarme en una) y no caerme. Lo de la chupa de cuero es opcional

14. Pasear por Times Square de noche y quejarme de si es que la gente no tiene casa

15. Sacarme una foto delante de la Casa Blanca, sonriendo a las miles de cámaras de seguridad con cara de buena

16. Visitar el parque y la cataratas de Yosemite e incluso puede que, con suerte, si hace bueno y dependiendo de la fase lunar, subir hasta el pico del Capitán (y mi husband quedarse con las ganas de escalar).

17. Cenar en el restaurante giratorio de Seattle sin marearnos, y acercarnos a los hospitales a decirles que trabajando menos se vive mejor

18.Ir a la montaña a ver el cambio de color en otoño, e intentar escaquearme sin éxito de hacer senderismo (!!!7 millas!!!)

19. Ver ballenas en Alaska y gritar ‘!liberad a Willy!’

20. Visitar un pueblo fantasma y susurrar todo el rato ‘schi schi schi kah kah kah’

21. Cruzar el Golden Gate de San Francisco, puede que a pie, ya si eso…

22. Comer en un bar de carretera típico, y pedirme un batido de fresa y un trozo de tarta

23. Visitar Alcatraz y gritar ‘!Dejadme salir, soy inocente!’ cuando nos encierren en las celdas

24. Atravesar un desierto en coche (de Las Vegas a LA) y sacarnos una foto con la camiseta atada a la cabeza, la lengua fuera y arrastrando los pies mientras susurramos: ‘agua….’

25. Ver un aburrido partido de futbol americano y comernos un perrito caliente. Quejarnos de que las animadoras de las pelis están más buenas

26. Ir al Monte Rushmore y sacarme una foto besando a uno de los presidentes

27. Visitar al menos una de las Universidades de la Ivy Leage y darme cuenta de lo pijos que son todos los estudiantes. Evitar al hijo de Ana Obregón, por si acaso

28. Sacarme una foto con la estatua de la libertad mientras busco a la ‘Fringe Division’

Liberty Island

29. Escuchar un concierto de country, e intentar bailarlo, con sombrero incluido

30. Ver un partido, aún más aburrido, de baseball y comernos otro perrito caliente

31. Apostar un dólar en un casino de Las Vegas y sacarnos una foto con Elvis

32. Visitar a los Amish y preguntarles si puedo probarme ese vestido tan sugerente (o a lo mejor no, por si acaso)

33. Pedir caramelos de puerta en puerta en Halloween… o mejor traérmelos de España, que están más buenos

34. Recorrer la California’s Pacific Coast Highway en un cadillac descapotable y con un pañuelo en el pelo

35. Ver un musical de Broadway y enterarme de lo que dicen (más o menos)

36. Vestirme de princesa en Disneyland, o al menos sacarme una foto con una

37. Subir al Empire State, o al Rockefeller en su defecto y ver anochecer en Nueva York desde las alturas

NY

38. Bañarme en las playas de Puerto Rico, a vuestra salud

Sé que el blog ha estado un poco aburrido últimamente. Pido disculpas. Es que con esto de las nuevas tecnologías, pues resulta que tanto mi familia, como mi familia política… leen mi blog (¿qué tal estáis? Todo bien, ¿no?). Y claro, con esto de perder el anonimato, pues una intenta ser políticamente correcta y sólo contar las historias para todos los públicos. Pero es que esas son muy aburridas.

Así que he decidido lanzarme a la piscina, de cabeza y sin mirar. Mamá, voy a exagerarlo mucho todo, que las licencias literarias me encantan y yo siempre he sido de tirarme el rollo. Así que todo parecido con la realidad será pura casualidad. Tu hija siempre ha sido y seguirá siendo una responsable mojigata, virgen y abstemia, incluso después del matrimonio.

Aclarado esto, os voy a contar una de las historias de mi vida que más me gustan, de esas que se guardan con cariño. Pero primero una aclaración:

Yo soy tímida. Sí, aunque no lo parezca, y aunque muchos de mis amigos ahora mismo se están partiendo de risa, yo soy tímida. Y mucho. Yo era de las que se escondían detrás de las faldas de su madre, y si alguien osaba dirigirme la palabra, salía corriendo. Y sigo siendo así. Lo que pasa es que llegó un momento en que me di cuenta de que me estaba perdiendo la mayoría de experiencias geniales de esta vida. Así que decidí que ser tímida no me salía rentable y tenía que cambiar. Fue un poco desastroso al principio, porque me iba al extremo opuesto muy a menudo y sin ser consciente. Me daba por hablar muy rápido y decir muchas burradas y claro, la gente se pensaba que yo en realidad tenía verborrea crónica o que era tonta. Sigo teniendo comportamientos extraños de vez en cuando, así que lo mismo un día me da por saludar a todo el mundo por si acaso los conozco y no me acuerdo (soy pésima para recordar caras y nombres), que otro día me da por mirar al suelo y hacer como que no existo, evitando todo contacto visual.

Aquellos maravillosos añosCon mi timidez en mente, ya podéis leer mi historia de amor preadolescente:

A los 12-13 años, yo cursaba octavo de EGB… (sí, soy así de vieja, qué le voy a hacer) y mi padre había decidido que ese verano nos íbamos a vivir a la otra punta del país. Y aunque nos mudábamos cada 3 años, esa vez me dolió más de lo normal… porque yo tenía un novio por aquel entonces. Nos gustábamos desde séptimo, ambos sabíamos que el otro estaba interesado pero, ironías de la vida, el muchacho era tan tímido como yo. Así que pasamos un año mirándonos de reojillo y riéndonos mucho juntos, y ya. No recuerdo quién dio el primer paso al final, pero a falta de 3 meses de mi gran mudanza, empezamos a salir. Eso de salir fue: ir una vez al cine juntos, e ir cogidos de la mano por la calle. Un amor platónico precioso. En el viaje de estudios hasta estuvimos a punto de darnos un beso en la discoteca del hotel, mientras bailábamos una balada, pero justo en ese momento entró la tutora, y la vergüenza nos pudo.

Así que me fui, y nuestro amor quedó en el aire. De lo tímidos que éramos, ni siquiera nos atrevimos a pedirnos la dirección o en teléfono para mantener un idilio igual de platónico desde la distancia.

Pasaron los años, entré en la edad del pavo, la pasé, luché contra mi timidez y la vencí (a ratos), y tuve un par de novios estables durante ese tiempo. En realidad estuve ennoviada desde los 17 hasta los 21 ininterrumpidamente. Tan ininterrumpidamente que, esos dos novios, los solapé. El rollo de ‘acabo de romper con  mi novio’ (en realidad ni siquiera había roto todavía, pero eso es otra historia) se convirtió en mi siguiente novio. Y a los 21, de repente me quedé soltera again. Después de 5 años volvía al mercado. Por aquél entonces yo me creía una mujer madura que sabe cómo funciona el mundo y que conocía su potencial y limitaciones en esto de ligar (bendita inocencia).

Casualmente, esas navidades volvimos a visitar a la familia en la otra punta del país, y yo me pude escapar para pasar la nochevieja con mi ‘más mejor amiga para toda la vida’ del colegio. Así que salí por mi pueblo, 9 años después. [Mamá, aquí es dónde te ruego que hagas el favor de dejar de leer. Hay cosas que es mejor no saber :) ]

El pueblo es pequeño, así que no debería haberme sorprendido, pero allí estaba él. Igual de adorable, con la misma carica de niño travieso, pero sin mucho rastro de la timidez que le caracterizaba. Mi ‘más mejor amiga para toda la vida’ nos ‘presentó’, por si no nos reconocíamos. Nos dimos un repaso mutuo, de arriba abajo. Sin timidez ni rollos. En cuanto cruzamos las miradas, creo que los dos fuimos conscientes de que la química seguía ahí (química, alcohol, tensión sexual no resuelta, llámalo como quieras). Después de unas horas de miradas, e insinuaciones, y copas (muchas copas), pasó lo que tenía que pasar. No recuerdo muy bien cómo, han pasado 10 años, pero de repente me encontré empotrada contra la pared en una de las calles de mi niñez. Hubo muchos besos, tan dulces y a la vez tan pasionales como me había imaginado tantos años antes. Él hablando en gallego y yo contestándole en castellano. Nos desquitamos por todos esos besos inocentes que habíamos imaginado con 12 años (¡y cómo nos desquitamos!). Cuando ya no me sentía las manos del frío, me dejé convencer para subir a su casa, y entre el rellano y su cama eliminamos la espina que faltaba. Lo que no me había comentado antes de subir, es que sus compañeros de piso eran sus padres… a los que despertamos entre risa y risa. Tuve que esconderme debajo del edredón cuando su madre vino a decirle que bajáramos la voz. Si no hubiera ido borracha me habría muerto de vergüenza. El polvo en sí no lo recuerdo como nada del otro mundo, el muchacho no parecía tener mucha experiencia más allá de los besos (¡qué besos!), pero no estuvo mal. No lo noté muy suelto en las artes amatorias, puede que su timidez siguiera escondida, igual que la mía, y hubiera asomado en ese momento… o que fuera virgen. ¿Quién sabe? El caso es que fue entrañable, una noche para recordar, más por lo que significó, que por la experiencia en sí. Un círculo que se cierra. Ya no volvería a imaginarme qué habría ocurrido si no me hubiera mudado, pero siempre recordaré esa noche como algo precioso. Y no, no lo he vuelto a ver ni saber de él. Y mejor así, me estropearía la historia si ahora fuera gordo y calvo.

También recordaré esa noche porque se me hizo tarde, no llevaba el móvil porque no me quedaba batería (todavía podíamos sobrevivir sin llevarlo siempre encima) y no tenía llave de la casa de mi amiga, así que a las 8 de la mañana me vi llamando al timbre y dándole los buenos días a su madre.

Una joyica que era yo de joven.

Cory y Topanga

Yo iba a escribir otro post para contaros lo locos que están en este país. Para meterme un poco con sus idas de pinza. Pero he pensado que ya llevo una racha muy larga de quejarme sin parar. Están locos, pero tampoco son tan malos. Tienen sus cosas, como todos. Pero ya vale de quejarme, que parece que no me gusta estar aquí, y eso tampoco es.

Y es que señores… ¡ha llegado el verano y estoy de buen humor! Sí, no habéis leído mal, he dicho verano, no primavera. Porque estamos a unos 30 grados de máxima toda la semana. Eso en mi tierra se llama verano. Bueno, en realidad no, porque vengo de Murcia, y en Murcia te puede hacer 30 grados en Noviembre o en Febrero. Y no por ello lo llamamos verano. Pero vosotros me entendéis. La semana pasada la temperatura máxima era de 12 grados. Esta semana la mínima es de 14. Y es que ya os he contado que aquí el tiempo también está loco. ¡Y esta vez se ha vuelto loco a mi favor! Por fin hace sol, y calor. Por fin puedo salir del trabajo e irme a dar un paseo en manga corta, en lugar de llevar abrigo, bufanda y guantes y pasarme todo el rato maldiciendo y despotricando por el frío y deseando llegar a mi sofá para esconderme debajo de la manta y no levantarme hasta que salga el sol.

A pesar de que el martes tengo que dar yo el ‘lab meeting’… again. A pesar de llevar toda la semana y parte del finde trabajando a contrareloj para tener algo que enseñar en el seminario, porque 3 meses en ciencia pueden dar para un año de resultados… o puedes contar en menos de 5 minutos todo lo que te ha salido bien. Porque los resultados negativos y los experimentos fallidos son necesarios, pero no quedan bien en una presentación. A pesar de todo eso, esta semana estoy de buen humor.

A pesar de la crisis, y de ver cada día en mi muro del Facebook una lista con los nuevos recortes y los nuevos ultrajes que la clase política acomete contra el pueblo. A pesar de que leer los periódicos ya no significa estar informado (lo que no implica que yo leyera los periódicos antes de la crisis, ni mucho menos). A pesar de que cada día veo más difícil eso de volver, esta semana estoy de buen humor.

A pesar de que estos americanos están muy locos, y para arreglar el problema de armas que tienen… obliguen a todos los ciudadanos a tener al menos una pistola en su casa para protegerse contra los ataques armados. Porque no hay dinero para pagar el médico, así que los enfermos mentales están en la calle, malviviendo e intentando no morir en el intento. A pesar de todo eso, esta semana estoy de buen humor.

I'm happyPorque ya puedo sacar los vestidos de verano, y las sandalias. Y puedo pasearme al sol por los jardines llenos de flores, y parame en la terraza a tomarme un helado (aunque sea del macdonalds, que heladerías por aquí hay pocas). Ya puedo irme el fin de semana a la playa, aunque no pueda meter más que los pies en el agua, porque una está muy malcriada, y todo lo que sea más frío que el mediterráneo en julio… es como meterse en un lago congelado.

Porque mi voluble estado de ánimo tiende a quedarse en el lado feliz cuando veo el sol. Porque ha sido tan largo el invierno que me acechaba ya una depresión de esas que no tenía desde que superé la edad del pavo.

Porque el mundo es genial, y mi trabajo es entretenido, y esto está precioso cuando hace calor, y me voy a ir de vacaciones a España un par de semanas en Junio.

Y sí, los problemas siguen ahí, y no tienen pinta de mejorar. Pero ahora llevo gafas de sol y ya no los veo tan brillantes. Porque en realidad la alegría y el buen humor no es por falta de problemas, o porque tu vida sea perfecta. Es porque has decidido que tienes más motivos para estar feliz que para ponerte triste. O simplemente porque has descubierto que estando triste tus problemas no se arreglan más rápido, así que mejor estar alegre, que es mejor para la salud.

Por todo eso y mucho más, esta semana estoy de buen humor.

Todos locos…

Publicado: 31 marzo, 2013 en América, Estudios antropológicos, Mi vida es así
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El otro día leí una noticia en un periódico (no recuerdo cuál) sobre un neurocirujano muy famoso, Dr. Alfredo Quiñones-Hinojosa.

El tío, pasó de ser un inmigrante ilegal, a ser uno de los médicos más reconocidos en su campo en EEUU. El artículo exaltaba sus logros, los montones de premios y proyectos que ha recibido, la enorme cantidad de artículos que publica anualmente. Contaban cómo un muchacho mejicano que cruza la frontera indocumentado con 18 años, puede acabar siendo alguien tan importante y reconocido.
Lo plasmaban como el ejemplo de sueño americano. En este país, si trabajas duro, puedes llegar a conseguir tu sueño.
Precioso.

Luego fui bajando… y en los comentarios me enlazaron a este otro artículo publicado en Nature, en el que cuentan que dicho neurocirujano, y todos aquellos que trabajan en su laboratorio… no tienen vida más allá del trabajo. Ya decía yo que me fallaban los cálculos. Trabajan 18-20 horas al día (espero que siendo neurocirujano se eche la siesta de vez en cuando antes de operar), trabajan en vacaciones, los fines de semana, ¡en Navidad! Habrá que ver quien les lava la ropa y les limpia la casa… En el artículo el Dr. Quiñones (también llamado Dr. Q) reconoce que no ha sido buen padre (¿en serio? ¿tú crees? A mí me sorprende hasta que tenga mujer e hijos), pero que está intentando corregirlo llevando a sus hijos en coche a la piscina (¡!), mientras llama por teléfono a sus investigadores… Con eso compensa por lo menos los cumpleaños, ¿no? Pues me da mucha pena, la verdad, pobres críos y pobre mujer. Pero… ¿¿en serio serán hijos suyos?? Porque si pasa en casa una media de 4 horas al día, y sólo para dormir… Yo miraría sospechosamente al vecino a ver si se parece a los niños.

The 24/7 lab

El caso es que me puse a pensar en la vida tan triste que lleva esa gente. En lo infelices que deben ser y en cómo yo no quiero (ni puedo) ser así. Y pensando, pensando… empezó a dolerme la cabeza de tanto pensar, así que me tomé un descanso. Pero llegué a la conclusión de que probablemente ellos no opinaran lo mismo. El Dr. Q (parece el nombre del malo de la peli) contaba su experiencia con todo el orgullo del mundo en la entrevista. Sentía que su vida había merecido la pena. Había salvado vidas, avanzado muchísimo en la investigación contra el cáncer… Y todos los que trabajan para él penaban lo mismo (deberíamos preguntar a los hijos). Todos sabían dónde se metían antes de entrar, y lo eligieron libremente. Con un par. Y yo supongo que la mujer del susodicho doctor también sabría lo que le esperaba antes de tener hijos con él (probablemente necesitaba un visado). Así que, ¿quién soy yo para opinar sobre su vida? Es su elección. Tengo que aceptar que son felices así, que les gusta y disfrutan de esa manera. Porque si no, no tendría ningún sentido que trabajaran tantas horas. Nadie les obliga y no les pagan las horas extras (en investigación eso no existe). A los que no pudieron soportar el ritmo, el jefe les ayudó a encontrar otro trabajo. No son esclavos, lo hacen por voluntad propia. O por adicción. O por locura no transitoria. O por que sus padres no les querían.

Cada uno es feliz como puede, y oye, si ellos están contentos con su vida… ¿para qué me voy yo a preocupar? Bastante tengo con lo mío. Es como cuando veo Anatomía de Grey y me paso todo el capítulo preguntándome dónde se han dejado a los hijos (¡true story!). Porque se les ve trabajando día y noche, pero por mucho que sea un hospital genial y privado… las guarderías no abren 24 horas (las cuidadoras no son tan pringadas). Pobres niños que van a crear más lazos con las niñeras que con los padres. De ahí que haya en este país tanto trauma y tanta carencia afectiva. Y luego se preguntan por qué a la gente le da por pegar tiros a los demás.

Pero bueno, es su forma de vida, y por mucho que yo les explique que hay algo mejor, no me hacen caso, así que mejor me voy a pasear al sol y a disfrutar, que es sábado. Que cada uno haga con su vida lo que quiera, que yo voy a hacer lo mismo con la mía. ¡A disfrutar que son dos días!

Laboratorio

Revolución industrial

¡Me acabo de dar cuenta de que nunca os he contado que tengo un superpoder! Pues sí, soy empática (ya, vaya rollo de superpoder, podrían haberme dejado volar o algo).

superpowersOs expliqué hace tiempo mi definición de empatía, pero nunca os he contado mi experiencia. Y tiene miga.

Parece ser que sufro de empatía aguda con la gente con la que convivo o paso mucho tiempo. No llevo un empaticómetro encima ni nada, pero mis experiencias han sido con gente muy cercana. Léase, compañer@s de piso, okupas de mi casa…(es con cariño Inma ;) )

Mi primer caso descrito y contrastado de empatía aguda fue no hace demasiado tiempo, unos 4 años o así.  A partir de entonces empecé a fijarme… y fui consciente de mi superpoder. Y aunque los afectados no piensen igual, tiene su gracia :)

En la época en la que ocurrieron los hechos, yo vivía con una muy buena amiga, Eva. Tenemos un carácter muy compatible y somos muy tranquilas las dos (yo nos llamo pachorras, pero queda menos ‘cool’), y un día, como de broma comentamos que estaría bien escapar de casa de nuestros padres e irnos a vivir juntas. Y así es como acabamos compartiendo piso durante 2 años. Nos fue genial, ni una discusión tuvimos (vaguería profunda por parte de las dos, que por no hacer el esfuerzo, ni nos molestamos en discutir). Cuando ya llevábamos un tiempo en ‘el pisico’, una mañana de viernes como cualquier otra, nos fuimos a trabajar con las legañas pegadas, cada una a una punta de la ciudad. No nos veríamos de nuevo hasta la hora de cenar pues, como todo recién emancipado, yo comía en casa de mis padres, y ella en el trabajo.

El caso es que estaba yo trasteando en mi laboratorio, absorta en mis cosas y mis experimentos. Y así, como quien no quiere la cosa, me entraron unas ganas de llorar impresionantes. De esas que por mucho que lo intentes no puedes retener las lágrimas (patético, lo sé). Por suerte estaba sola en mi laboratorio al final del pasillo, y las visitas que me hacían mis compañeros se reducían al mínimo, pues recorrer el pasillo entero sólo por verme a mí no merecía la pena. Me solía tocar a mí ir al otro laboratorio (sin rencor, ¿eh?). Dejé lo que estaba haciendo e intenté entender el porqué de mi ataque melancólico. Estaba segura de que no era el síndrome premenstrual, no sólo porque no me tocaba… es que ni siquiera se parecía. Cuando me da llantera por las hormonas de las narices, normalmente me rayo con alguna gilipollez sin importancia, que sé que es totalmente insignificante, pero en ese momento me da mucho pesar. Y soy completamente consciente de mi situación y de lo estúpido que es llorar por algo así de tonto. Pero en esa ocasión no había motivo aparente. No estaba pensando en nada triste, ni mi estado de ánimo era distinto de otro día normal. Yo estaba tan feliz, hasta que de repente no lo estaba. Y vamos si lloré. Unos 15-20 min hasta que puede controlarlo. Y conforme vino se fue. A los 10 minutos ya se me había olvidado el incidente, y volvía a abstraerme con mis experimentos. Recuerdo la hora que era, porque acabábamos de volver del café de las 11.

Esa misma noche, después de la sesión de critiqueo diaria con Eva en la que nos quejábamos de nuestros jefes (¡te echo de menos!), recordé la anécdota, y se la conté. A mitad de mi historia, Eva me preguntó a qué hora habían ocurrido los hechos (muy peliculera es ella). Cuando le digo que había sido justo después del café de las 11, veo que se queda con la boca abierta. Y cual es mi sorpresa cuando me cuenta que justo esa mañana, a eso de las 11:15, había tenido una discusión muy gorda con su jefe y había terminado llorando encerrada en el cuarto del microscopio durante 15 minutos.

Si tomamos este hecho como una anécdota aislada, no tiene mucho valor y se queda en una curiosidad, pero a partir de entonces empezamos a fijarnos más. Y resulta que ni Eva ni mi ‘husband’ habían sufrido jaquecas antes de convivir conmigo, pero unos meses a mi vera, y el dolor de cabeza esporádico se había convertido en el pan suyo de cada día. Lo mismo para el dolor de estómago, o de espalda. Pero no sólo ellos sufrían mis dolores, yo también he sufrido dolores ajenos. Una vez me dio un ataque de inseguridad adolescente totalmente ajeno a mi persona y mi forma de ser, en este caso cortesía de Inma (¡también te echo de menos!).

Qué bonita es la amistad, ¿a que sí? Yo es que soy muy de compartir. ¿Alguien quiere un dolorcillo de cabeza? Los tengo baratos :)

Eva y yo

Aquí estamos Eva y yo en el caribe (qué tiempos aquellos). Ya os advertí de que era muy bajita, pero es que encima Eva es muy alta. Éramos el punto y la i :D