Pensando en tonterías

Publicado: 23 mayo, 2011 en Consultorio de doctora Silvi, Estudios antropológicos, Feminismo, Mi vida es así

Tengo un día sensible y no es muy normal en mí tener uno de esos. Me da por pensar, y, aunque suene extraño, no suelo hacerlo muy a menudo. Básicamente porque he descubierto que se vive más feliz, más despreocupado, si no piensas mucho. Darle vueltas a las cosas que no tienen solución es infructuoso, inútil. Y pensar en todas las posibilidades de una realidad inexistente también lo es. Mi idea es aceptar lo que se tiene, disfrutarlo, valorarlo y vivirlo con todas tus fuerzas. Porque la vida cambia irremediablemente, nunca viviremos dos veces la misma situación. Nunca tendremos dos veces la misma experiencia. Porque nosotros no seremos los mismos si nos vuelve a suceder lo mismo, igual que nunca verás pasar dos veces el mismo río.

Así que cuando tengo días como este, simplemente me rindo a mis pensamientos, porque… una vez al año no hace daño, ¿no?

Y este día me ha traído un poco de añoranza, de miedo, de incertidumbre. Una de las mejores sensaciones de este mundo es enamorarse, sentir ese cosquilleo, esa ola de calor y bienestar. Esa oleada de amor que te inunda. Esa sonrisa tonta que se te pone en la cara y no eres capaz de disimular.

Pero cada vez es más difícil sentir algo así. Cada año que pasa parece que la cerradura de tu corazón se estrecha, y que cada vez menos llaves son capaces de entrar en ella. Conforme te vas dando cuenta de como es el mundo en realidad, de como es la gente, de lo que se hacen unos a otros, del poco respeto que nos tenemos… conforme vas asimilando todo eso, te vuelves más incrédulo, te cuesta más confiar en que habrá una persona adecuada para tí. Y ahí empieza el miedo.

¿Y si no aparece? ¿Y si no existe? ¿Y si no soy capaz de conformarme con menos? Y soy consciente de que es una sandez pensar así. Porque solo hace falta que aparezca alguien con una llave pequeña, que pueda rozar mi corazón, de modo que me enamore y se me olviden todas esas tonterías. Una vez se activa el mecanismo químico de tu cerebro que dirige el enamoramiento, se te olvida que te gustan más los hombres altos, o muy inteligentes, o que te hagan reir, o que no sean tímidos. A tus neuronas les importan muy poco tus preferencias, se activarán cuando lo vean adecuado. Así que descarto el miedo por irracional.

Entonces llega la incertidumbre. ¿Dónde se mete? ¿Y si no busco en los sitios adecuados? ¿Y si no me muevo por los ambientes oportunos para encontrar el tipo de persona que estoy buscando? Y también soy consciente de que ese pensamiento es igual de inútil que el anterior. No se busca, sólo se encuentra. Da igual por qué ambientes te muevas, ya aparecerá, y seguramente será en el sitio menos esperado. No se suelen oír historias del tipo… “me gustan los hombres inteligentes, así que fui a la biblioteca todos los días hasta que encontré al que es ahora mi marido”. Así que ¿de qué serviría cambiar un estilo de vida que me gusta, sólo por si resulta que el hombre adecuado no se mueve en los mismos ambientes que yo? De modo que descarto la incertidumbre por incoherente.

Y por fin… llega la añoranza. Vuelves la vista atrás, y piensas en todas esas veces que podría haber sido, pero no fue. En todas las ocasiones en que tu corazón dio un vuelco, en las que alguien te hizo sentir, te hizo desear, necesitar… y que al final la cortina de humo se disipó y te estampaste contra la pared que había detrás. Y piensas… ¿y si volviera a suceder ahora, que hemos cambiado, que todo es distinto? Y de nuevo soy consciente de lo vano de ese razonamiento. Si hemos cambiado… ¿quién garantiza que esa chispa siga ahí? Si no funcionó una vez, la segunda iríamos con prejuicios formados, con resentimientos. Así que es más probable que la cosa estalle y se haga añicos a que realmente encuentres el amor en una historia caducada. Por tanto, descarto también la añoranza por absurda.

¿Qué me queda entonces? Dejar de pensar estupideces e irme a dormir, que es más productivo 🙂

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comentarios
  1. […] a dejar que mi imaginación hiciera de las suyas, aunque a veces fuera improductivo y doloroso, a dejar de pensar en los problemas que no tienen solución y también en los que sí la tienen, después de haberlos […]

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