Amargas despedidas 3

Publicado: 10 abril, 2012 en América, Estudios antropológicos, Mi vida es así
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Yo nunca he sido de las que lloran desconsoladamente en las despedidas. Puede que de niña, al mudarnos cada 2 o 3 años, tuviera mis rabietas, como todos. Pero desde que pasé la adolescencia, me había librado de tal bochorno.

Tal vez fuera porque hasta ahora no había tenido que sufrir despedidas de verdad. Un adiós, en lugar de un hasta luego, sin fecha de regreso.

Pero aún así, al despedirme hace un par de meses de mis amigas, y de mi familia, sin saber cuándo iba a volver a verles, no más de una o dos lágrimas se habían escapado. Y rápidamente había recuperado la sonrisa, pues estaba llena de ilusión y muchas ganas de iniciar mi nueva vida.

Es cierto que la última despedida había sido dura, muy dura. Pero principalmente se lo achacaba al hecho de dejar atrás todo lo conocido y adentrarme sola en otro mundo. Suponía que mi dolor de estómago, la angustia y los nervios que me impedían dormir se debían al miedo reprimido, que finalmente había encontrado un resquicio por el que escapar.

Pero hoy no era yo la que se iba. Hoy me quedaba en el mismo sitio en el que he ido cavando mi nuevo hogar los últimos dos meses. Y aún así, mi estómago me decía que algo no estaba bien. Las ganas constantes de llorar habían vuelto, obligándome a centrar todo mi esfuerzo en reprimir las lágrimas. Y ese esfuerzo, a lo largo de todo un día, agota.

La única explicación que he encontrado, es que mis entrañas intentaban decirme lo que mi mente no era capaz de asimilar por completo. Que quizá ese adiós no debería ocurrir. Una parte de mí me gritaba, en forma de dolor y lágrimas, que la parte que se estaba yendo no debería abandonar al resto. Igual que duele que te arranquen un trozo de piel, o un miembro, mi cuerpo me estaba avisando de que algo malo estaba ocurriendo. De que me estaban robando algo que me pertenecía.

Me falta algo después de esa despedida. Y no sólo es la sensación de una casa vacía, de no tener a nadie esperándote al regresar, nadie que cuide de tí cuando estás cansada o te sientes decaída. Es algo más.

El cuerpo es sabio, y deberíamos aprender a escucharlo mejor. Sabe lo que nos conviene, y trata de comunicárnoslo en forma de sensaciones. Siempre intento seguir mis instintos, pues creo que es el modo de expresión de nuestro cuerpo o subsconciente. Pero ahora no me hace falta traducir un sutil impulso o sensación, pues mi cuerpo me ha gritado alto y claro, en forma de dolor y angustia. Ya sé qué necesito para estar completa.

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comentarios
  1. Neo dice:

    menos mal que en determinadas celestiales condiciones un miembro amputado, por muy dolorido y desecho que haya quedado, no aún acabada la tarea de servir y satisfacer a su legítima dueña y señora, aun puede reimplantarse en su sitio como si nada hubiera pasado. Aún lejos de ti habrá tenido fuerzas para agarrarte un par de tulipanes en su camino de regreso a su articulación. Animo, tenemos el regalo de poder apreciar lo que perdemos, justo cuando lo recuperamos.

  2. orace dice:

    Valor Silvia, no te rindas tan fácilmente. Ten un poco de paciencia y alcanzaras todo lo que te propongas. Eres la ehpañola mas guapa que han visto los amiricanos 😉

  3. orace dice:

    Me alegra saberlo, te visto por spaniards y no e podido evitar llegar aqui maravillado por tu encanto ;), que menos que darte un poquito de ánimos!

    🙂

  4. Seba san dice:

    Cuando llegue el momento en que entendamos completamente nuestro propio cuerpo y mente, sera un momento para festejar a lo grande.
    Me gusto la forma en que describiste tus sentimientos hacia esa otra persona que se va.
    Fuerza cat!.

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