Mi superpoder

Publicado: 5 marzo, 2013 en Friends forever, Locuras, Mi vida es así
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¡Me acabo de dar cuenta de que nunca os he contado que tengo un superpoder! Pues sí, soy empática (ya, vaya rollo de superpoder, podrían haberme dejado volar o algo).

superpowersOs expliqué hace tiempo mi definición de empatía, pero nunca os he contado mi experiencia. Y tiene miga.

Parece ser que sufro de empatía aguda con la gente con la que convivo o paso mucho tiempo. No llevo un empaticómetro encima ni nada, pero mis experiencias han sido con gente muy cercana. Léase, compañer@s de piso, okupas de mi casa…(es con cariño Inma 😉 )

Mi primer caso descrito y contrastado de empatía aguda fue no hace demasiado tiempo, unos 4 años o así.  A partir de entonces empecé a fijarme… y fui consciente de mi superpoder. Y aunque los afectados no piensen igual, tiene su gracia 🙂

En la época en la que ocurrieron los hechos, yo vivía con una muy buena amiga, Eva. Tenemos un carácter muy compatible y somos muy tranquilas las dos (yo nos llamo pachorras, pero queda menos ‘cool’), y un día, como de broma comentamos que estaría bien escapar de casa de nuestros padres e irnos a vivir juntas. Y así es como acabamos compartiendo piso durante 2 años. Nos fue genial, ni una discusión tuvimos (vaguería profunda por parte de las dos, que por no hacer el esfuerzo, ni nos molestamos en discutir). Cuando ya llevábamos un tiempo en ‘el pisico’, una mañana de viernes como cualquier otra, nos fuimos a trabajar con las legañas pegadas, cada una a una punta de la ciudad. No nos veríamos de nuevo hasta la hora de cenar pues, como todo recién emancipado, yo comía en casa de mis padres, y ella en el trabajo.

El caso es que estaba yo trasteando en mi laboratorio, absorta en mis cosas y mis experimentos. Y así, como quien no quiere la cosa, me entraron unas ganas de llorar impresionantes. De esas que por mucho que lo intentes no puedes retener las lágrimas (patético, lo sé). Por suerte estaba sola en mi laboratorio al final del pasillo, y las visitas que me hacían mis compañeros se reducían al mínimo, pues recorrer el pasillo entero sólo por verme a mí no merecía la pena. Me solía tocar a mí ir al otro laboratorio (sin rencor, ¿eh?). Dejé lo que estaba haciendo e intenté entender el porqué de mi ataque melancólico. Estaba segura de que no era el síndrome premenstrual, no sólo porque no me tocaba… es que ni siquiera se parecía. Cuando me da llantera por las hormonas de las narices, normalmente me rayo con alguna gilipollez sin importancia, que sé que es totalmente insignificante, pero en ese momento me da mucho pesar. Y soy completamente consciente de mi situación y de lo estúpido que es llorar por algo así de tonto. Pero en esa ocasión no había motivo aparente. No estaba pensando en nada triste, ni mi estado de ánimo era distinto de otro día normal. Yo estaba tan feliz, hasta que de repente no lo estaba. Y vamos si lloré. Unos 15-20 min hasta que puede controlarlo. Y conforme vino se fue. A los 10 minutos ya se me había olvidado el incidente, y volvía a abstraerme con mis experimentos. Recuerdo la hora que era, porque acabábamos de volver del café de las 11.

Esa misma noche, después de la sesión de critiqueo diaria con Eva en la que nos quejábamos de nuestros jefes (¡te echo de menos!), recordé la anécdota, y se la conté. A mitad de mi historia, Eva me preguntó a qué hora habían ocurrido los hechos (muy peliculera es ella). Cuando le digo que había sido justo después del café de las 11, veo que se queda con la boca abierta. Y cual es mi sorpresa cuando me cuenta que justo esa mañana, a eso de las 11:15, había tenido una discusión muy gorda con su jefe y había terminado llorando encerrada en el cuarto del microscopio durante 15 minutos.

Si tomamos este hecho como una anécdota aislada, no tiene mucho valor y se queda en una curiosidad, pero a partir de entonces empezamos a fijarnos más. Y resulta que ni Eva ni mi ‘husband’ habían sufrido jaquecas antes de convivir conmigo, pero unos meses a mi vera, y el dolor de cabeza esporádico se había convertido en el pan suyo de cada día. Lo mismo para el dolor de estómago, o de espalda. Pero no sólo ellos sufrían mis dolores, yo también he sufrido dolores ajenos. Una vez me dio un ataque de inseguridad adolescente totalmente ajeno a mi persona y mi forma de ser, en este caso cortesía de Inma (¡también te echo de menos!).

Qué bonita es la amistad, ¿a que sí? Yo es que soy muy de compartir. ¿Alguien quiere un dolorcillo de cabeza? Los tengo baratos 🙂

Eva y yo

Aquí estamos Eva y yo en el caribe (qué tiempos aquellos). Ya os advertí de que era muy bajita, pero es que encima Eva es muy alta. Éramos el punto y la i 😀

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comentarios
  1. fotovoltaica dice:

    el blog esta hecho super bien…un saludo y felicidades para el blog 🙂

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