Ya no hay besos como los de antes– Antes se escribían cartas de amor interminables. Hoy se manda un wassap: TQ.

– Antes se cruzaba medio mundo en barco o a caballo para volver a reunirse con su amor. Hoy nos pensamos, y mucho, si merece la pena abandonarlo todo por una sola persona. Para que luego salga mal…

– Antes se moría de amor por alguien con quien no se había podido tener ni una sola conversación a solas. Hoy no se puede decir ‘te quiero’ demasiado pronto o se asustan (y salen corriendo con el rabo entre las piernas… oh wait!).

– Antes se lloraba toda una vida por un amor perdido. Hoy nos divorciamos y volvemos a casar con la misma facilidad con la que cambiamos de coche (o de bolso en el caso de las chicas).

Ya no hay amores como los de antes, es cierto. Y se echan de menos. Se echa de menos la pasión, la entrega, el morir de amor por una sola persona. No me digáis que no es romántico… moriiiiir de amoooooor. Beber los vientos por esa única persona, que es tu único mundo, tu única verdad (que pastelosa puedo llegar a ponerme…). Sentir tal sentimiento, que la vida sin ella no es vida ni es nada. Qué bonito… Y que patraña. Qué daño han echo las películas de Disney. Somos una generación engañada a base de pretty womans y ghosts. Nos han vendido el fuego sin decirnos que si lo tocas, quema.

Será que yo soy extremadamente racional, práctica y pragmática (y aburrida e insensible), que siempre he mirado con envida esa locura del amor de película. De pequeña me imaginaba suspirando por mi príncipe azul y dejándolo todo para irme con él a su castillo. Pero cuando me ha tocado vivirlo CR_622500_peliculas_disneyen persona (o lo más cerca que he podido estar de ello siendo como soy), he salido escaldá y me he dado cuenta de que no es sano. Y lo que es peor, no te hace feliz. Que parece estúpido que tenga que decirlo tan a menudo, pero es que debería ser nuestra meta en esta vida. Así que los príncipes azules, mejor de lejos, que destiñen.

Por suerte las relaciones han cambiado con el tiempo, al igual que la sociedad y las personas. Y en la mayoría de las cosas ha sido para mejor, aunque en otras nos hayamos ido al otro extremo. Nuestra ‘felicidad’ ya no depende tanto de si encontramos o no a alguien con quien compartir la vida, y de formar una familia a toda costa, sea con quien sea. O mejor dicho, ya sabemos que eso no tiene por qué hacernos felices. Ya no nos dejamos engañar por la versión cutre del cuento de hadas. Ahora queremos el de verdad, con sus zapatos de cristal y su calabaza, y si no, nada. Pero aunque sigamos suspirando cada vez que sale Romeo por la tele, sabemos que nuestro amor verdadero no tiene porqué ser una única persona. Pueden ser varias que se vayan turnando y/o combinando a lo largo de nuestro camino.

Las mujeres ya no tenemos que abandonarlo todo al casarnos. No perdemos nuestra identidad para convertirnos en ‘la esposa de’ y ‘la madre de’ (y ‘la criada de’). Somos personas, con nuestro trabajo, nuestros hobbies y nuestras pasiones personales (cupcakes!!!!). Ya no hace falta que soportemos golpes y miseria, simplemente porque no tenemos otra opción. Ahora, que si lo hacemos porque nos gusta, esa es otra historia, que por algo ha triunfado tanto el tal Grey. Somos libres para elegir lo que queremos y tenemos muchas más opciones entre las que decidirnos. Y por eso muchas se han agobiado entre tanta oferta y no están seguras de lo que les gusta y lo que no. Ya no tenemos que limitarnos a cumplir el papel que nos toca, podemos romper moldes, podemos salirnos del camino, podemos ser diferentes, únicas. Podemos vivir con nuestros padres a los 30 tacos porque irnos a vivir con nuestro novio después de tan sólo 7 años de relación es un paso para el que todavía no estamos preparadas, que nos gusta mucho tener nuestro espacio (y que la ropa aparezca mágicamente limpia y planchada en el armario).

Yo hace tiempo que decidí que no necesitaba a nadie para ser feliz (sin contar a mi osito Teddy y a mi madre cuando estoy enferma). Me quiero y me acepto como soy, y estoy completa y feliz cuando estoy sola (sobre todo si tengo una tableta de chocolate a mi lado y los dvds de las Chicas Gilmore). No creo ser, ni haber sido nunca, una media naranja esperando a que alguien venga a completarme (como mucho una media mandarina, por el tamaño digo). Para mi una relación es un acuerdo mutuo de compartir la vida, porque siempre es mejor hacer el camino acompañado (y que el otro te lleve las maletas). Y si hay atracción, cariño, respeto y complicidad, será mucho más divertido. Pero mi vida no gira en torno a esa persona, tengo otras inquietudes y necesidades (como meterme en Facebook a cotillear la vida de mis amigos). Y tengo claro que podría vivir sin él, aunque todo sería mucho más triste y aburrido (¿quién me iba a hacer cosquillas entonces?). Y para mi esa es la manera más sana de tener una relación, y la más duradera. Sin obligaciones, sin reproches, sin cadenas… sin dependencia.

P.D. El que yo ya no sea capaz ni de hacerme una tortilla francesa no se considera dependencia, solo comodidad (o perrería).

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