The One

Publicado: 17 julio, 2013 en Locuras, Mi vida es así
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The-oneEste post debería haberlo escrito para nuestro aniversario. Un precioso toque romántico que habría compensado con creces la batidora que le regalé. Pero entre el trabajo y las compras (además de la batidora me compré varios regalos para mí) se me pasó el tiempo. Y mi pereza siempre acaba ganando. También habría estado muy bien escribirlo para su cumpleaños, diez días después, pero estaba haciendo las maletas para irme de vacaciones. Y ya ni te cuento lo bien que hubiera quedado si lo hubiera escrito para su santo, teniendo en cuenta que se me había olvidado y estaba yo en la playa más a gusto que nada mientras el pobre trabajaba y se quedaba solo en casa a unos cuantos miles de kilómetros de distancia. Pues sí, hubiera triunfado más que la cocacola.

El problema es que hay una cosa que se llama inspiración, y que te estropea las mejores de las intenciones. Porque yo sabía que ganaría muchos puntos si lo escribía para cualquiera de esas 3 fechas. Pero era abrir el Word, y como que mi mente se quedaba igual de blanca que la hoja que tenia delante. Y así, pues como que no. Que yo prefiero hacer las cosas a destiempo, pero hacerlas bien.

Así que aquí está, el post que todos estabais esperando (y con todos me refiero a mi suegra y mis cuñadas, que con lo poco cotilla que es mi husband, seguro que no les ha contado ni como nos conocimos). Os voy a contar como mi loving husband se convirtió en The One, en mi ‘happily ever after’:

Pues estaba yo hace un par de años, más feliz que una perdiz, disfrutando de la vida, de la soltería… y del paro. Llevaba ya unos meses sin trabajo estable, con solo algunos apaños aquí y allá para ir sobreviviendo hasta que me confirmaran si me tenía que cruzar el atlántico o no. Lógicamente, tener una relación era lo último en mi lista de tareas en ese momento, no fuera a estropeárseme la aventura, que esperaba con miedo e ilusión, por culpa de algún maromo insensible. Que ya sabemos que la carne es débil, y la mía todavía más. Así que iba yo de flor en flor, divirtiéndome y disfrutando de ser joven y bella (:p). En una de esas noches de fiesta a las que era tan asidua debido a mi gran y merecida cantidad de tiempo libre, apareció el amigo de un amigo, que supuestamente bailaba salsa, pero al que yo no conocía, ni tenía ninguna intención de conocer. Era de ese tipo de chicos, ¿cómo diría yo…? sosicos. No tímido, ni pavico. Simplemente soso. Que no llamaba la atención. Eso, en un bar de salsa, no es una cualidad deseable, porque si no te ven, no bailan contigo. Y yo en ese momento iba solo a la caza y captura de aquellos bailarines que me hicieran disfrutar en la pista, importándome más bien poco que fueran buenas personas o incluso simpáticos. Así que el pobre intento del muchacho por llamar mi atención, no solo pasó desapercibido, sino que lo evité con nocturnidad y alevosía. Y digo pobre intento, porque tampoco es que se molestara mucho en perseguirme… Tanto esfuerzo puse en evitarle, que si me lo hubiera encontrado dos horas después por la calle, os juro que no lo habría reconocido. Mi asombrosa memoria de pescado, unida a mi obvio intento por esquivarle hicieron que ni me fijara en él.

Tras esa infructuosa noche, reseteé completamente mis recuerdos del pobre sosico. Así que, cuando unos días después intentó agregarme al Facebook alguien que decía ser Juan, el amigo de Sergio, pues entended que no cayera en un primer momento. Ni en un segundo. Puede que ni al tercero. Pero aquí, a una, no le gusta herir los sentimientos de la gente, así que finalmente lo acepté como amigo. Por pena, principalmente. Por la misma pena por la que le contestaba cuando me hablaba por el chat. Que tampoco es que él me hubiera agregado porque estaba locamente enamorado de mi y no pudiera seguir viviendo sin hablar conmigo (o eso dice él). En realidad me agregó porque era la décima vez que le aparecía mi foto como sugerencia de amiga. Que ahora ya no aparecen esas sugerencias, pero antes era un poco cansino ver siempre la foto de la misma persona a la que no conocías. Así que en parte me agregó por dejar de ver mi foto… y en parte porque soy preciosísima de la muerte, y ¿quién se iba a resistir a eso? Pero al cabo de un par de conversaciones, empezó a demostrarme que lo de soso era solo en apariencia. Me reí, y mucho. Pero mi interés se esfumaba en cuanto cerraba la pestaña del Facebook. Tanto se esfumaba, que la siguiente vez que apareció en el bar de salsa, me volví a pasar toda noche huyendo estratégicamente y dando esquinazos, porque mi cabeza no era capaz de relacionar esos dos entes, el sosico de rizos en el bar de salsa y ese tío tan encantador y gracioso que me hablaba por el chat. Cuando mis amigas me preguntaban que porqué le evitaba si me caía tan bien, no tenía muy clara la respuesta. Era como un mecanismo de protección contra sosos… o contra potenciales relaciones, no lo sé.happilyeverafter

Por suerte, al muchacho, que se aburría, le dio por investigar un poco, y así llegó a este blog mío tan gracioso. Tras leerlo quedó total e irreversiblemente prendado de mi extraordinaria personalidad (creo que no fueron estas sus palabras exactas, pero algo parecido). Y como labia tiene un rato, todavía no se cómo lo hizo pero acabé saliendo a cenar con él. Debería haber guardado el historial de esa conversación, porque yo no recuerdo haber accedido en ningún momento. Debió ser algo así como:

Juan: Oye, ¿que tal si te invito a cenar esta noche?

   Yo: Uy, lo siento, pero es que me acabo de comer un sándwich de nocilla.

   Juan: Bueno, pues te llevo a un italiano, y te pides una ensalada o algo así, ligerito. Te recojo en media hora.

Si hubo más conversación entremedias, yo no la recuerdo. Lógicamente, esa noche no iba a ser capaz de esquivarlo de manera tan sutil, porque salir corriendo por la puerta de atrás del restaurante solo queda bien en las películas. Pero oye, que no me quedé corta. En cuanto el coche se detuvo enfrente de mi casa, yo ya estaba entrando por la puerta, habiéndole dado las gracias, dos besos y las buenas noches. Eso sí, con las prisas me dejé la caja con el resto de la pizza que no me pude comer porque ya había cenado un sándwich de nocilla.

Pero resulta que hubo una siguiente vez… Y de nuevo no estoy segura de haber accedido. Si eso fue un martes, el sábado siguiente, con toda mi resaca de la noche anterior, tuvimos otra conversación igual de surrealista:

  Juan: Entonces… ¿a que hora voy a tu casa mañana?

   Yo: ¿Ein?

   Juan: Sí, ¿no quedamos en que el domingo cenábamos otra vez?

   Yo: ¿Yo dije eso?

   Juan: Claro, me dijiste el martes que probablemente el domingo estarías libre. ¿Las 7 te viene bien?

   Yo: Eh……

   Juan: Perfecto, yo llevo la cena.

Y claro, con resaca y recién levantada, mis reflejos dejaban mucho que desear. Me pilló desprevenida que se tomara mis evasivas al pié de la letra. Y claro, cuando apareció en mi casa al día siguiente, ya no había escapatoria posible. Así que me dediqué a no disimular ni un poco mi segunda resaca del fin de semana, ni mi falta de sueño por la fiesta de la noche anterior en la que la policía nos había desalojado de la terraza de mi amiga. Sin perder una pizca de ilusión a pesar de mis más sinceros esfuerzos, se metió en mi cocina, a prepararme la cena. Y después de pasarme unas tres semanas evitándole con todas mis fuerzas, solo le hizo falta un detalle para que por fin lo mirara con otros ojos. Me dijo:

Juan: He traído el postre. Galletas de chocolate caseras que he hecho esta mañana.

   Yo: ¿Toda esa bandeja? ¿Pero estás loco? ¿O es que quieres cebarme?

   Juan: No mujer, te he traído unas cuantas para ti, y las otras para que las repartas entre tus amigas. [Miserable estratagema para embaucar a mis amigas, que por supuesto surtió efecto]

Y sí señores, las probé. Y todo mi recelo desapareció. Para que luego digan que las mujeres somos muy difíciles de conquistar… Con deciros que después de eso cancelé mis otras citas… (la soltería, que tiempos aquellos). Bueno, también ayudó un poco que esa noche me demostrara que lo de soso era totalmente infundado y/o todo fachada 😉

Pero eso no fue todo. Una semana después, más o menos, de ese domingo resacoso, vino la siguiente conversación sin sentido:

   Juan: ¿Qué haces dentro de diez días?

   Yo: Lo mismo que ahora… nada. ¿Por?

   Juan: Es que me quiero ir de viaje a algún sitio, y he pensado que te podías venir conmigo. ¿Te parece bien París? Yo invito.

   Yo: ¿Ein?

Y unos tres meses después:

    Yo: Me acaba de escribir el de EEUU, que dice que me contrata [añadir aquí una cara de pánico]

    Juan: Muy bien.

   Yo: ¿Y qué hacemos? [cara todavía de más pánico]

   Juan: ¿Cómo que qué hacemos? Pues hacer las maletas, cerrar la casa y decirle a mi jefe que me voy.

Y así, señores, es como consiguió que me casara con él. Casi nada.

Pero no se convirtió en The One en ese momento. Ni siquiera cuando nos prometimos amor eterno en inglés, unos meses después. Se convirtió en The One, cuando empezó a trabajar, porque en estos lares no saben pronunciar la J. Así que cuando le presentaron a sus compañeros de trabajo, todos le llamaron Guan. Y cuando les explicó cómo se pronunciaba, para no tener que girarse cada vez que alguien decía One, desató al monstruo. Ahora los emails y conversaciones están llenos de ‘Juan moment’ o ‘Juan, two, three, lets go’. Y así es como mi loving husband pasó a ser TheOne.

Paris

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comentarios
  1. David dice:

    Oh Dios!!!

    Una prueba más del intercambio de roles: conquistar con el estómago A ELLA, conquistar con el baile A ÉL [y por una bonita sonrisa, ojos salerosos, generoso escote, bonitas -pero cortas 😉 – piernas y todas esas cosas que sabemos que tienes, claro, jejejeje].

    Y yo abriendo puertas, cediendo pasos, cubriendo destemplados torsos mientras paso fr… mientras aguanto estoico cuán aguerrido y curtido nórdico que soy,… Si es que soy un anticuado pero me he reído como un niño con #one.

    • catuxa20 dice:

      Pues ya sabes, aprende a hacer galletas 😀

      • dagaherz dice:

        Mujer de poca fe… Seré anticuado pero me adapto perfectamente. Hago unos brownies, unas tartas de queso y unos risottos que no se los salta un gitano! (Entre otras cosas… Que no todo es comer, bueno a veces si)
        Pero pensándolo un poco… No sé cómo la conquisté, quizá porque fui muy pesado, eso cuenta? Pero de casarnos ni de coña, me asusta la idea de que ella quiera tener 6 churumbeles nada más que se sacuda el arroz. Ya tiene elegidos hasta los nombres!!!

  2. David dice:

    Jojojojo
    Esto no puede ser más que una señal, el destino, o vete tú a saber qué, pero no puede ser una coincidencia.
    El enlace que te envío es una actualización que me llega tras la tuya, de otro blog que sigo:

    http://blog.juan314.com/2013/07/18/los-hombres-bajo-la-influencia-the-men-under-the-influence-by-jon-uriarte/

    La gente está fatal.

  3. calvanki dice:

    jeje que bueno!!! Felicidades pues a los dos!!!

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