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Slow life

Publicado: 10 febrero, 2015 en Estudios antropológicos, Mi vida es así
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Os estaréis preguntando que ha sido de nosotros en esta nuestra nueva localización. O no. Pero os lo voy a contar de todos modos, que para eso es mi blog.

Nos hemos dado a la buena vida. Y lo hemos hecho con alevosía y premeditación. Hemos abrazado nuestro nuevo destino con entusiasmo. Y no me refiero con nuevo destino a este país en el que hemos aterrizado, que también. Me refiero al nuevo destino que se ha abierto ante nosotros por haber aterrizado aquí. A nuestra nueva vida, más relajada y me atrevería a decir que mejor.

Puede que se vaya la luz un rato prácticamente todos los días. Puede que las aceras sean intransitables y un paseo con el cochecito de bebé se convierta en una carrera de rally. Puede que cada vez que queramos cruzar una calle parezca que estamos arriesgando nuestras vidas. Puede que me hayan picado más mosquitos en una semana aquí que en todo el verano anterior. Puede que tarden un mes en darme acceso al sistema informático y no tenga ni los nombres de mis alumnos. Puede que se rompa absolutamente todo lo rompible en nuestro apartamento, lo arreglen y se vuelva a romper. Puede todas esas cosas y más, pero aún pudiendo… No lo cambiaría por lo que teníamos antes.

Y no es que lo que tuviéramos antes fuera malo, no. Es que este estilo de vida va mejor con nuestra forma de ser. Porque a pesar de todos esos ‘puede’ del párrafo anterior, parece que estamos en unas pre-vacaciones constantes. Porque estamos en invierno, pero parece mayo (el mayo de Murcia, no el de Galicia) y sales de trabajar y lo que apetece es ir a tomar un helado o un refresco a una terraza (no digo cerveza, primero porque no me gusta, y segundo porque dando pecho no es muy recomendable, pero sabéis de lo que hablo). Porque llevo un mes trabajando, pero no hemos necesitado darle el biberón al enano ni una sola vez, porque nunca estoy ocupada más de 4 horas seguidas (tampoco nos deja darle el biberón el muchacho, que tonto no nos ha salido y prefiere la fuente natural de alimentación). Porque vivo a 10 minutos andando de mis clases y con este clima da gusto darse un paseo. Porque si no tengo clase ni tutorías puedo trabajar desde casa (de hecho todavía no tengo ni despacho). Porque este trimestre no tengo clase los lunes y he dejado de tenerles manía porque ahora son un segundo domingo. Porque estoy disfrutando del bebé casi como si no estuviera trabajando. Porque por poco que trabaje, ya parece que hago mucho, comparado con el ritmo al que se mueven aquí las cosas. Porque no tengo a nadie pidiéndome que trabaje más o que le dedique más horas.

Así que estamos todos muy felices. Creo que el pequeño es el más feliz de todos, porque no solo tiene a su padre 24h al día y a su madre casi lo mismo, sino que a cada paso se va parando la gente para hacerle carantoñas y decirle lo preciosísimo que es. Su mayor preocupación es si esta vez le dejaremos alcanzar el iPad para rechupetearlo o se lo volveremos a quitar en el último momento, después de tener que arrastrarse por toda la cama para llegar hasta él.

Pues eso, que nos hemos dado a la buena vida, también llamada Slow Life por los entendidos de internet que le ponen nombres chulos y modernos para que parezca algo nuevo. Pero en realidad es la misma buena vida de siempre. Se nos van pasando los días con calma, pero de prisa. Que sin darnos cuenta ya llevamos aquí dos meses, y ya empezamos a tener color moreno. Incluso al baby se le ve las piernas morenas si se comparan con la piel de esas dobleces tan graciosas de bebé regordito.

Y nada, que en seguida terminamos de amueblar el apartamento y crearé un calendario en Gmail para que os vayáis apuntando las visitas. Que entiendo que a Carolina del Norte os diera pereza, pero ya no tenéis excusa. Os esperamos. Eso si, las prisas y el estrés os lo dejáis en casa, que aquí no nos caben.

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